jueves, 20 de octubre de 2011

"La violencia de las dictaduras siempre se enzañan y enseñorean contra el débil"...

Política: Autor del Blogger/Tomás E. Montás

Las modalidades
del autoritarismo

Por Andrés L. Mateo

En la historia dominicana el autoritarismo congrega lo que por naturaleza es diverso y múltiple, y es tan frecuente que muchas veces no se asienta ni sobre la dureza de las leyes, ni sobre la represión sino sobre la manipulación y el miedo. Nuestra tradición autoritaria es tan extensa en el tiempo y en el espacio, que le ha brotado como una carta de naturalización.
De ciento sesenta y siete años de vida republicana hay apenas un interregno verdaderamente democrático que no alcanza a tres décadas, y los paradigmas de la expresión liberal, como Ulises Francisco Espaillat y Juan Bosch, sucumbieron seis meses después de tomar el poder, expulsados porque la marejada de la corrupción a la que se enfrentaron los volvió torpes e impotentes. Es por ello que el poder se nos presenta como un hecho consumado que no podemos discutir, ante el cual hay como un designio de doble exclusión que proviene mágicamente de la historia.
La gente quiere el poder para extasiarse en la indefensión del otro, para anular la molestia del interlocutor.
El portero de la oficina pública vive su cuota de poder dolorosamente dividido contra sí mismo, pero jode y esquilma al que reclama un servicio. El policía raso se mortifica por su insignificancia ante el superior, pero se hace un verdugo con los civiles. El jefe de oficina que tiembla ante el ministro, se consume en la falsedad de una simbólica arbitraria que lo hace sentir poderoso. Y el ministro es lo más próximo a un Dios, sublimado en la ilusión eufórica que le depara su poder real de dejarte sin salario, de arrojarte a la incertidumbre, de hundirte en el desdén de la sordera, porque sólo escucha lo que quiere oír, la lisonja, la guiñada sumisa, las desgraciadas imposturas de la vida inmediata, el chisme, la doblez, el silencio cómplice ante la arbitrariedad, la inflación moral y el miedo.
Y ni qué decir del Presidente de la República, cuyo poder real lo convierte en este país en el centro de todas las mitificaciones que el autoritarismo ha asumido, desde el inicio mismo de la vida republicana.
Los dominicanos hemos vivido bajo la subordinación social que el autoritarismo ha impuesto, y ello ha originado muchas dificultades para que la democracia funcione. Balaguer, por ejemplo, implantó un gobierno en el cual existían todos los aparatos formales de la representación democrática, pero era, en esencia, un régimen autoritario.
Ahora el autoritarismo es otra cosa. Ya no es necesaria la persecución política, el partido único, el exilio. Autoritarismo es emplear el presupuesto con sentido personalista, ignorando las prioridades nacionales y las demandas de la sociedad. Autoritarismo es que la figura presidencial sustituya las instituciones. Autoritarismo es la permisibilidad ante la corrupción. Autoritarismo es lo que confesó Leonel Fernández en la ciudad de New York; porque la naturaleza enteramente despótica de la expresión autoritaria en nuestro país ha variado, pero sigue igual. Esa es la cuesta de Sísifo de un país que superó la dictadura y el unipartidismo, pero que no ha podido rebasar el personalismo, ni sustituir los múltiples proyectos individualistas, por un gran proyecto social.  
Leonel Antonio Fernández Reyna 
Es ahí donde sestea el chirrido de la impotencia. Porque Dios y el Jefe, Balaguer y Dios, Hipólito y Dios, Leonel y Dios, son la misma cosa. Y los tránsfugas de toda laya, los marrulleros con sueldos, los saltimbanquis de profesión, los izquierdistas escindidos entre corazón y barriga, los tígueres bimbines que apagan con la lengua el cabo del cigarrillo, los sindicalistas claveteados por la podredumbre, el tigueraje intelectual comido por el silencio, el bastón de Euclides y hasta las pelucas de Fefita la grande existen porque la tradición autoritaria de este país los ha creado.
La sumatoria de los años de poder que compendian Santana y Báez, Ulises Heureaux y Mon Cáceres, Trujillo y Balaguer, es la zapata de poco menos de la mitad de la vida republicana.
Pero hoy hay que estar alerta contra el autoritarismo subliminal, que hace un discurso democrático y se pierde en los vericuetos de la lisonja, imaginándose único, eterno, providencial e insustituible.  
(Santo Domingo, R.D., jueves, 20 de octubre de 2011.

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